Que el año 2021 ha sido uno de los peores en el sector agrícola cubano era de esperarse. Este sector nos tiene acostumbrados a que su desempeño esté allí de los planes aprobados y, sobre todo, allí de las expectativas de la población. Lo que fue diferente en 2021 es que los «problemas climáticos» no ocuparon un circunscripción destacado en la repertorio de causas del bajo rendimiento. Este año el régimen de lluvias no fue tan malo, y ningún de los ciclones, siempre esperados, se acercó lo suficiente como para causar daños mayores que afectarían en varios puntos porcentuales los resultados del sector. Pero el sector tuvo que enemistar otros huracanes, “el recrudecimiento del sitio, la pandemia, la crisis económica y la implementación del saneamiento monetario”.
Es cierto, sin requisa, que la cosmografía importa. Al ser un archipiélago alargado de este a oeste, sito en el trópico, con pocas montañas por debajo de los 2.000 metros, nuestra agricultura es muy estacional, y la variedad de producciones es relativamente limitada por este hecho. Incluso hace que la conservación de los productos agrícolas sea un desafío. Cuba no es el único país sometido a condiciones de este tipo, pero es un hecho objetivo que otros países lo han resuelto mejor que nosotros.
Que luego de más de 60 abriles de transformaciones, el sector agropecuario cubano siga siendo un cifra de incertidumbre e inestabilidad y contribuya sostenidamente a aumentar nuestra dependencia alimentaria nos da mucho que pensar.
Nuestra agricultura proviene de una estructura productiva dicotómica, por un banda, latifundios dedicados a cultivos de exportación con cierto apalancamiento financiero y un mercado relativamente “seguro” —Estados Unidos; por otro banda, miles de pequeños agricultores, aparceros y jornaleros producían para un mercado franquista relativamente pequeño, enormemente concentrado en la hacienda de la república y en las seis capitales de provincia. Una agricultura con tecnologías de producción atrasadas, con muy poca o nula incorporación de ciencia y tecnología, y con altos niveles de explotación, y condiciones de vida muy precarias para una inmensa masa de habitantes rurales.
No fue casualidad que allí se iniciara la Revolución. El sector agropecuario, antaño de 1989, fue receptor directo de múltiples transformaciones, algunas tremendamente profundas, y beneficiario indirecto de muchas otras. Voy a enumerar algunos de ellos:
- Dos reformas agrarias profundas que crearon más de 100.000 propietarios privados y generaron condiciones potenciales para una expansión del mercado interno.
- Una gran reforma cultural y educativa:
o Campaña de Alfabetización
o Escuelas de trabajadores y agricultores.
o Formación de técnicos en diferentes especialidades.
o Creación de carreras universitarias con perfil agropecuario
o Formación de personal investigador enormemente cualificado
o Creación de decenas de institutos de investigación.
- Concurso técnica extranjera
- Proyectos de cooperación; que aun se mantienen
- Rescatado disponibilidad de mano de obra desde hace casi 30 abriles (voluntariado de diversa índole, escuelas al campo, escuelas en el campo, etc.)
- Reforma tecnológica:
o Transferencia de tecnología a muy bajo costo
o Anciano mecanizado
o Aumento de la superficie bajo riego
o Uso intensivo de productos químicos
o Decenas de abriles con exención de impuestos para los productores
o Precios subsidiados de insumos (combustibles, fertilizantes, pesticidas y herbicidas)
o Disminución o nula exigencia de garantías para su otorgamiento,
o Créditos por pérdidas, etc.
Luego, en la plazo de 1990; la creación de las UBPC; la Entrega de tierras baldías; la revisión de las bases de funcionamiento de las cooperativas, y recientemente 63 medidas que contienen más de 650 acciones para impulsar la producción agrícola deberían ser suficientes para conquistar ese propósito, sin requisa, en el corto plazo los resultados distan mucho de las expectativas creadas.
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Lo que quiero aseverar es que no ha sido por descuido de medidas que el sector agropecuario cubano no haya cumplido con esas expectativas. Le han llovido medidas durante muchas décadas y ahora, en estos tiempos tan duros, vuelven a gotear.
Incluso es cierto que, legado el natural retraso en la reacción de la producción, respecto al diseño regulatorio, no deben esperarse resultados muy diferentes en un plazo de meses e incluso de uno o dos abriles. Pero al mismo tiempo, no estaría de más preguntarse qué está pasando que a pesar de todas estas medidas durante tantos abriles y décadas, la deuda del sector con las aspiraciones de la familia, allí de disminuir, sigue aumentando.
Releyendo la reseña publicada en cubadebatealgunas de las realidades descritas llaman la atención, enumero y comento varias de ellas:
Si nuestro país avanza cada día en la regulación de la heredad en todos sus aspectos y dimensiones como parte de la regulación necesaria delante una heredad más diversa y con más “actores” que interactúan entre sí, entonces ¿por qué las cooperativas deberían contratar su propio asesor reglamentario sea calificado por el Servicio de Razón? ¿No es poco que una cooperativa debe lanzarse y poder hacer directamente? ¿Quién está escaso, el asesor reglamentario por reglamento de su servicio o la cooperativa por la misma razón? Por cierto, asimismo los grupos laborales, que deben firmar un entendimiento con la empresa y contraer obligaciones con ella, necesitan información para protegerlos.
¿Cuánto depende el control del reses de la matanza de los sin tierra? ¿Son quizá la causa del llamado descontrol? ¿Qué significa su matanza, tal vez la desposeimiento de su reses o la entrega de tierras para que puedan mantenerlos y producir más?
¿Qué se entiende por recuperación de las lecherías? ¿Se refiere a obras de infraestructura y/o recuperación de reses? ¿Cuánto costaría? ¿Cuánto tiempo se tardaría en recuperar una masa ganadera extremadamente deteriorada tras un dilatado proceso de damnificación hereditario que nos ha dejado vacas que parecen cabras y toros que parecen más terneros grandes? ¿Cómo conquistar una rápida prosperidad genética que nos devuelva un piara mejor acondicionado para el pastoreo, es aseverar, con beocio dependencia de los concentrados? Y mientras tanto, ¿qué hacemos con esos locales sin reses?
En el año 2022 hubo 89 empresas estatales del Corro Ranchero y de ellos, 65 quedaron en pérdidas, esto es el 73% del total. Reducirlos a 26 (29% del total) será una tarea difícil.
Según la Oficina Franquista de Estadística e Información en su referencia sobre la estructura institucional del país en 2021, el Servicio de Agricultura tenía 376 empresas, esas 182 empresas en pérdidas representan el 48% del total.
¿Cómo se resolverán estos más de 9.000 millones de pérdidas acumuladas por este género de empresas? ¿Pedirán crédito para sufragar la deuda? ¿Tienen una logística para poder sufragar hacienda e intereses? ¿Un costado asumirá ese aventura?
Sin duda, destinar bienes donde se alcancen mayores niveles de productividad y eficiencia es una buena opción, ya sean estos los “polos productivos” o cualquier otro de los actores del sector.
Es un camino duro y dilatado el que les prórroga a los trabajadores de este sector para poder eliminar/diluir obstáculos y deformaciones que duran décadas y que nos han traído hasta aquí. Es aún más difícil porque tiene que hacerse en condiciones sin precedentes. Hay suficiente familia buena, capaz y cariñosa en el sector.
Un buen amigo me contó esta chisme: “Ya en su álveo de asesinato el padre le reveló a su hijo un secreto pródigamente prometido, lo llamó y muy bajito le dijo: Hijo mío, el secreto de la vida es este: las vacas no dan cuajo… hay que ordeñarlos».